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Después de recibir algunos comentarios vía correo electrónico, en los cuales se tildaba a mi «biografía» de mal gusto por su parcialidad, decidí hablar por mí mismo, con mis palabras y juicios; en todo caso serán simples retazos de una probable biografía.
En La palabra mágica, el excelente escritor Tito Monterroso asegura que «para escribir un libro sobre la propia vida no es necesario ser nadie ni ser algo ni ser nada.» Estoy muy de acuerdo. Así pues, que muestre a manera de autobiografía unas líneas de lo que he sido y soy, no tiene otro fundamento ni mayor intención que decir «si estás interesado en mi obra, heme aquí y hasta donde el pudor me deja, que es mucho y es nada.»
Origen
Nací en Guadalajara, Jalisco, el 27 de mayo de
Formación
En esta ciudad hice mis estudios en la educación pública, incluso la preferí porque cuando iba a un colegio me sentía incómodo con aquellas disciplina y moralina asfixiantes, aún para un niño de cinco o seis años. Soy egresado de
En mi juventud fui nadador y parte del equipo de gimnasia olímpica de
Mi gusto por las artes se manifestó desde muy temprano. Cultivé la música, la pintura, el dibujo y la literatura; fui un lector voraz de cómics, las diversas lecturas escolares y los libros de mi padre, uno de los cuales aún lamento haber extraviado —un volumen centenario, grueso, en pastas duras—, del buen Víctor Hugo, cuyo principio no se me olvida: «Y vi un murciélago sobre mi cabeza…» Narrador oral precoz, de chico yo reunía a amigos y hermanos para contarles historias en las que ellos eran los protagonistas. Me entretenía metiéndolos en bretes en los que debían sujetarse a mis designios de pequeño demiurgo, ellos sólo tenían por opción imaginar, sentir y, de vez en cuando, mirarme con imploración. Era mi pequeño teatro experimental de las sensaciones; muy divertido, al menos para mí.
Posteriormente participé en el Grupo coral de mi alma máter y en
Concurrí por cortos periodos a los talleres de los poetas Miguel Ángel Hernández Rubio (entre 1987-1988, cuyo mejor regalo fue el préstamo de dos pilas de libros que leí con deleite voraz, sobre todo autores mexicanos) y Artemio González García (1997-1998), un autor muy olvidado, aunque su densa obra posee atributos excepcionales. Fui algunos fines de semana a otro taller, en el que aprendí lo que no se debe hacer. Por supuesto, me echaron, al igual que a otros jóvenes de mi generación, porque en ese grupo no les gusta que nadie opine del trabajo de sus compañeros. La cuota es el aplauso gratuito. Entre esos escritores «echados» hay autores que ya suenan con fuerza por sus libros publicados.
Ocupaciones y preocupaciones
Soy un insatisfecho, no lo puedo evitar. Pertenezco a la generación de la fractura y eso significa ser crítico. Esto no es bien visto en Guadalajara, donde las dos máximas coincidentes con las del viejo PRI rezan: «El que se mueve no sale en la foto» y «¿Qué horas son? Las que diga el señor o cacique literario en turno.» En cierta ocasión, un poeta de mediano pelo me puso el dedo índice en el pecho y dijo: «Me caes muy mal. Te detesto.» Yo hice lo único que se puede hacer en estos casos, fui honesto y dije «Tú no me caes mal; es más, ni siquiera puedes caerme bien o mal, apenas sé que existes.» Al alejarse, había en él algo de caricatura sobrepuesta en la realidad. Paradójicamente, años más tarde, con mi opinión, le facilité entrar a trabajar como reportero en
Mi actitud genera incomodidad en el medio literario local, lo reconozco, y a veces también en el nacional, por mis declaraciones y mi postura independiente de grupos e intereses. No puedo evitarlo. Soy un escéptico de los premios y apoyos o becas —aunque he ganado uno que otro y hasta he sido jurado en varios concursos—, porque he podido constatar las irritantes complicidades y confabulaciones entre y contra escritores. Incluso es inexplicable que las editoriales no se interesen en los certámenes literarios que año tras año se dispendian para impulsar la letras en México, los cuales podrían aprovechar pues es de suponer que serían semilleros naturales para descubrir un nuevo Pablo Neruda, otro Jaime Sabines o un Jorge Luis Borges, ¿o acaso ésa es la evidencia definitiva de que en su mayoría son fraudulentos y amañados? Peor aún, basta con acudir con la gente de carne y hueso y preguntarle si sabe quién ha ganado éste o aquél concurso, pues bien, ignoran en qué o quiénes se gastan sus impuestos. Además, yo mismo he sido perjudicado por estos mecanismos. Podría hacer acusaciones directas contra individuos concretos, como me lo han demandado en cartas electrónicas previas, pero lo creo innecesario y hasta inconveniente, ¿para qué concederles a estos individuos la importancia que no tienen? Hay en mi poder una carta ignominiosa, sin remitente, que ilustra la enorme capacidad de inmoralidad, cobardía y sucias confabulaciones que hay en nuestra sociedad mexicana, la cual no me atrevo a publicar ni citar parcialmente por pudor, a ésta se suman unos cuantos correos electrónicos insultantes, incluso de quienes siendo autoras celebran la censura, que he recibido y que reflejan la pobre condición humana de algunas personas en este medio.
Soy un creyente convencido de la sensibilidad, la inteligencia y la lucha cotidiana por la cultura y la democracia. Los últimos años he laborado de forma independiente como promotor y conferenciante en temas sobre literatura en general, mi obra y la cultura democrática. Y en 1997, por ejemplo, participé como capacitador de ciudadanos que integrarían las casillas electorales en los comicios federales para elegir el Congreso de

Libros y participaciones
He publicado las novelas: En el abismo, Bartolo (2000, 2004), Aprilis (2002, 2003, 2006) y Si por tu jardín la brisa (2009); en cuento: Un cangrejo en la madeja (1997), El señor de las termitas (2001, 2005, 2007), Las mínimas invasiones (2003), Las piernas de Lhákesis (2003), Blue-jeans (2004, infantil) y Cola de salamandra (2007); en poesía El estupor y la niebla (2002), La niebla y otras geografías (2003, 2006), Alhajas (2006) y Alma negra (2007). Fui becario del Fondo Estatal para
También me desempeñé como corrector de Gaceta Universitaria de
La lucha por la cultura
Actualmente, y desde hace varios años, me he convertido en promotor de la lectura en universidades, preparatorias, secundarias, primarias y foros públicos, ante el triste panorama de que en mi país casi no se lee, aunque resulta interesante ver que en los últimos tiempos ya se generan cambios de actitud en los gobiernos federal, estatal y municipal e instituciones públicas en favor de estimular la lectura, a veces de manera muy tímida, no obstante eso es mejor que nada —vale la pena mencionarlo, aquí
*La generación de la fractura está compuesta por un conjunto heterogéneo de escritores tapatíos equiparable al movimiento del «crack» en el Distrito Federal, nacidos aproximadamente en la década de 1965-1975, aunque escritores más jóvenes siguen una tendencia similar, que buscan desde la marginalidad construir una literatura independiente y vital.
Estos autores han tenido que inventar vías alternas a las establecidas para dar a conocer su trabajo creativo, lo que significó en no pocos casos una áspera ruptura con los caciques literarios de la generación anterior, que se han apropiado de los canales convencionales para el apoyo económico y político de los creadores (universidades, Conaculta, dependencias publicas como el CECA Jalisco, múltiples premios), así como en la edición y difusión de libros (editoriales institucionales, prensa escrita, radio, televisión) lo que pone en entredicho la democracia cultural en materia de libertad de expresión en el país. Ante esto, han proliferado las editoriales independientes y los autores que se dan a conocer dentro y fuera de México por sus propios medios.
Otros rasgos distintivos de estos escritores son: han sido protagonistas y testigos, protagonistas autogestores en su producción y difusión artística, de una literatura más orgánica y diversa que la de sus contemporáneos beneficiados por los grupos nacionales fuertes (la mayoría «poetas» condicionados por una estética decadentista, consistente en la superposición abstracta de metáforas y en la que por lo general están exentos la reflexión y el argumento), y testigos críticos de las ineficacias y complicidades de un sector literario con pocas obras de trascendencia por legar, si se tiene en mente la tradición impuesta por plumas como las de Juan Rulfo, Juan José Arreola, José López Portillo y Rojas, Mariano Azuela, Enrique González Martínez, Alfredo R. Plascencia, Agustín Yánez, por citar algunos. De igual forma, un hecho histórico marca a este grupo generacional: los trágicos acontecimientos del 22 de abril de 1992 (ver Aprilis).
Algunos de los autores de esta camada son Luis G. Abbadié, Teófilo Guerrero, Ángel Rafael Nungaray, Sergio-Jesús Rodríguez, Ricardo Sigala, Rafael Medina, Antonio Marts, Blas Roldán, Sergio Fong, Felipe Ponce, etcétera.
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