El estupor y la niebla
El autor nos entrega ahora este volumen de poesía novísima, que busca su razón de ser en la innovación, sí, pero también en la tradición: los sonetos.
En El estupor y la niebla se nos desvela una insospechada realidad poética que no niega, antes bien afirma y abraza a los desamparados, al amor y a la sabiduría. Aquí, la pluma de este escritor jalisciense nos ofrece su credo al tiempo que los frutos de su obra.
Diseño: Carlos Alberto Hernández Castellanos, fotografía: Marco Aurelio Rivera Sáenz. Acento Editores, 2001, Guadalajara, Jalisco, México, 102 páginas. Este libro, al término de su tiraje, fue integrado junto con otros poemas, en La niebla y otras geografías, a partir de 2003.
Los hijos del estupor
[Fragmentos]
EN LA sombría transparencia
de esta ciudad informe
con sus diversos tonos del asombro,
las avenidas y sus múltiples epidermis
desvelan bajo la piel clara del día
lo que la noche engendra en sus penumbras.
Un limosnero ciego
con la mirada fija en el espíritu
del caos invicto,
que le ha quemado con su cal viva las pupilas,
se incorpora y avanza
entre la multitud y el tráfico de autos
para proclamar voz en grito
los nombres de los hijos del estupor
y el de las calles
por donde se deslizan como sombras.
***
EN EL estupor del espejo
que se asoma a las alcobas,
el tálamo es de arena,
los amantes de polvo,
el amor una fragancia que gotea.
***
BROTAN DEL espejismo incurable
de una placenta prodigiosa
en el torrente del asfalto vivo.
Brotan aún con ceniza en el ombligo
y en sus pechos, cautiva con espinas,
la castísima flor de la inocencia,
dispuestos más que nunca
a la consagración del estupor.
Brotan de la rabiosa ortiga
a la hora puntual y humeante
en que las piedras descarnadas
se desgajan sin prisa.
Brotan temibles y cainitas
del alcohol profundo de los vidrios.
¿Acaso las vidrieras
no son las uñas muertas de un cadáver?
Éste cadáver: la ciudad entera,
con el cáncer letal
que gangrena sus úteros
y calcina sus próstatas.
Brotan en su perfecta desnudez
sucios, con hambre, caprichosos,
sus andrajos son alas
con que bordonean
en plazas y mercados populares.
Su lengua escupe lava de almendros
que deja piedras a su paso
con que se construyen
catedrales y torres de Babel
todos los siglos de los siglos.

De
La niebla florece
Juan José Arreola
A un hombre de honor
EN EL congreso de los hombres sabios
arde la llama de tu voz prudente,
porque fuiste raíz, fruto y simiente
de un pueblo que te lleva a flor de labios.
El siempre Justo nos libró de agravios
a España y a
cuando sembró en su página doliente
el volcán del idioma entre tus labios.
Maestro de consciencia generosa,
lazarillo de Dios en la palabra
custodia nuestro sueño y nuestra lengua.
Sé un corazón gemelo que sin mengua
nos enseñe a nombrar mientras se labra
el amor en tu estirpe vigorosa.
***
Las agujas de Casandra
EL MÍNIMO estertor de la escafandra,
la brújula y su rosa legendaria,
la piedra, el escorpión, la milenaria
alcoba perfumada de Casandra.
El naufragio precoz de la balandra,
pergamino es de riscos la precaria
ínsula de cristal en su palmaria
escritura de humeante salamandra.
De nuevo el sauce imaginado en llamas,
la atmósfera y su arpón boreal de agujas,
la sirena en su cántico de escamas.
De nuevo el girasol y las cartujas
húmedas de la lluvia, las retamas,
el abismal espejo y sus burbujas.
***
EN MI pecho prendiste con un beso
la carnal joya de tus labios tiernos,
mas también por desdicha los infiernos
en que soy sombra entre las sombras preso.
Y tu cuerpo en las sábanas impreso,
el cabello revuelto hasta perdernos
como dos lenguas y como dos pernos,
son el culto y la fe que yo profeso.
Sabes que creo en Dios y en tu mirada,
en tus hombros dorados por el mar,
en tus altos pezones orgullosos.
Creo en tu pubis crespo, en tus suntuosos
muslos de ágil gacela que al saltar
me otorgan del amor su encrucijada.
***
A ti, que te conocí tan tarde
PORQUE TU boca exacta es una flor
que nombra el fruto tierno del deseo,
han trazado en mi cuerpo su aleteo
tus manos mariposas del fulgor.
He soñado contigo, tu calor,
el descenso en feliz caracoleo
de tu cabello rubio cual fraseo
que describe en mi lengua tu sabor.
Mi pecho es el santuario de tus besos,
de tu ombligo legítimo, amoroso,
de la audaz alpinista de tus dientes.
Y cuando en tus pezones florecientes
broto desde mis labios tumultuoso,
sé que hemos vuelto del abismo ilesos.
***
El puente en la alcoba
Para mi Ariadna
DE INSONDABLE ternura tu mirada
es un extenso puente que nos lleva
de un tú que sólo soledad abreva
a un nosotros de amor en la alborada.
De los labios emerge platinada
la amante voz de mar que urgente eleva
dos babélicas lenguas de piel nueva,
mas ruinosas sucumben en la nada.
Feliz pasión enhiesta como el plexo
de tus pechos mojados, jadeantes,
y el beso eterno, sin escapatoria,
en la lívida almendra de tu sexo
—grávida flor solar de los amantes—
hacia un cíclico puente sin memoria.
Derechos reservados ©2007 Sergio-Jesús Rodríguez
La niebla y otras geografías

Escribir poemas es un ejercicio de juventud. Quien traza un poema intenta salvar la palabra de su desgaste natural, restituirla en su misterio primigenio. Así pues, leer y escribir poesía es preservar el corazón joven, creer que no todo está perdido.
Con La niebla y otras geografías, Sergio-Jesús Rodríguez nos ofrece un muy personal jardín, en el que brotan flores diversas y entrañables: minerales, criaturas angélicas, los desposeídos, la mujer, la vida... Realidades poéticas, a veces brutales, que son en el credo y los frutos de este escritor jalisciense, una búsqueda del amor y la sabiduría.
Esta publicación es una segunda edición de El estupor y la niebla, aumentada con textos que incluye entre otros «Mineral de dos reynos», «Cantos en el Main» y «Santuario en la hojarasca».
Ilustración y diseño: João Rodríguez, diseño: Sergio Araht Ortiz Rosales. Foto anteportada: Marco Aurelio Rivera Sáenz. Ediciones Euterpe, 2a. edición, 2006, Guadalajara, Jalisco, México, 184 páginas.
Derechos reservados ©2007 Sergio-Jesús Rodríguez
De
«Reyno naciente»
CON SABIDURÍA de otro Diógenes
urde su andar de caracol traslúcido
echa andamios raíces pulsaciones
aovillada quietud de estrellas
que insospechada edifica
una catedral impía,
el contumaz recinto donde mora
un triste murciélago de penumbras
Qué solitaria castidad de zarza
Qué soledad de espejo en su placenta
También hay signos claros y videntes
un llanto cálido de sal en flor
el reflujo del guano en que palpita
un crujiente rumor de hembra en celo
Proserpina y su sombra siamesa
la plata insomne que arde sobre el agua
***
ADVINO CON las sombras, su espíritu era el mantillo carbonífero de la madrugada. Una iridiscencia metálica templaba su risa, crispación de savia impredecible. Su nombre corresponde a la santidad de los óleos que fatigan cálices, inscripciones y arboladuras rupestres en las cavernas
El cristo de esa concordia de minerales preciosos llevaba por corona la virgen del carbón y la amatista señera; por túnica el intrépido cobalto en su feliz textura de seda, y por sangre, el rojo cobrizo, casi sacrílego, de un metal impronunciable para los lobos, que suelen llevar por signo, entre su pelaje en llamas, el nitrato de sodio
Así, pues, bajo la luna entorpecida, descendió por fisuras labradas en rocas silvestres, era su guía un cabello de fósforo, con el fin de desnudar la gota en su perfecta geometría de rubí, ante el rostro del mercurio legítimo y volcánico
De
«Reyno poniente»
[RELOJ]
Hay organismOS CUYOs latidos son pequeños y ardientes rubíes. Sus engranajes compiten con los pulsos del silicio: sombra de sombras en la transparencia. Nítida guadaña que devana y ataja el frío cristal.
[RASTRILLO]
Lleva poR CORBATÍN el signo de Átropos. Cigüeña mudable, anda en un pie a salto de mata, en busca del cabujón en la barbilla, pues su amo, como el mantis, será seducido por otra encarnación de Afrodita.
[VAJILLA]
En su mayor virtud hogareña, la porcelana es el ama de llaves en la mansión del paladar. Hay nombres insignes en su árbol de caolín, cuarzo y feldespato, pero el amor es su raíz meticulosa, su llama santa.
De
«Cantos en el Main»
6
HABLEMOS del corazón
con la elegancia del trébol,
sabedores de que la memoria
es un relámpago de nardos
y el dolor la encrucijada del fuego.
Desconozco tu historia
ángel de amorosa lluvia,
mas cada amanecer a tu lado
me viene con la ráfaga de tu cuerpo
el sortilegio de tus promesas
y la castiza premonición
del alba en llamas.
Duérmete a mi lado
salamandra de ceniza blanca.
Duerme con la paz del cazador.
20
EN TU corazón, España
también yo
con el corazón desnudo
me baño en la saliva mineral
de esta luna catalana
Barcelona prueba el cáliz
de mi sangre joven y amarga:
soy un ruiseñor de América,
una sílaba, un grano de arena.
Soy el suspiro
de un árbol fecundo
con dos ausencias en las costillas:
una se quedó junto al Main
a orillas del Taunus,
y otra me ha dado
gota por gota las palabras
todas mis palabras.
[FRANKFURT]
34
de encuentros y despedidas,
¿cuántas veces debemos amar?
¿cuántas debemos llorar?
¿y a cambio de qué, o por qué?
Claro, las promesas, las fatigosas promesas...
Pero somos criaturas rituales,
nos gusta repetir hábitos
como mi beso en tu brazo
mientras dormías profundamente.
Qué entrañable es despedirse
con lágrimas en nuestras bocas
con el anhelo de retornar
al jardín de tu sexo, a la orilla de tu río,
al cálido esplendor de tus pechos.
Llevo el corazón dividido.
Hice maletas, hicimos el amor
y dejé en tu armario una camisa,
una parte de mi sombra.
A cambio, llevo conmigo
tu frágil polen y otros obsequios.
En el aeropuerto has prometido
ante decenas de testigos
y decenas de lenguas: soy tuya
dices adiós, yo digo te amo
te doy un beso y vuelo a México.
Prendiste una fíbula en mi pecho,
y ¿qué me queda?
¿Una promesa más para otro inventario?
El tiempo tiene sus posdatas
y el corazón sus motivos,
no más preguntas, no más promesas:
un viento agazapado salta
y él tiene las respuestas.
De
«La niebla florece»
[BOSQUE]
EN MI LENGUA tus párpados navegan
con la preñez de dos vientres dormidos,
mi boca es un naufragio de latidos
yerba que sólo tus suspiros siegan.
Dibujo la sonrisa que me entregan
tus labios, dulces pájaros heridos,
con su flora de besos presentidos
si las hogueras de tus manos niegan.
Pero qué niegan si tu cuerpo abraza,
si en mi espalda tus dos leonas bravas
rugen, retozan, rasgan a la caza.
Soberana indefensa entre mis brazos
heme aquí tal y como me esperabas
que sediento a tus muslos van mis pasos.
***
DESCANSA ángel amargo del dolor,
la noche es clara y sueña enfebrecida
en lenguas que se dan en su embestida
los bondadosos frutos del amor.
Como la transparencia de un licor
hay caricias que muestran una herida,
la ráfaga de luz desconocida
que nos deja en el sexo su temblor.
Al mirar nuestro solitario ombligo
vemos la ardiente soledad de un beso,
la copa de ternura en la desgracia.
Por tanto, mi buen ángel estás preso
justo a orillas del mundo, aquí, conmigo,
donde la mutua entrega es una audacia.
Derechos reservados ©2007 Sergio-Jesús Rodríguez
Alhajas

La invención del ser es invención de lo inefable, fugaz tesoro apenas aprehensible mediante palabras, metáforas, signos. En estas Alhajas, Sergio-Jesús Rodríguez celebra lo que en sí mismo es celebración, efímero y realidad absoluta: la vida.
Diseño: Sergio-Jesús Rodríguez. Ediciones Euterpe, 2007, Guadalajara, Jalisco, México, 64 páginas.
Piel
I
MI empeño es descifrarte a ciegas
con mi lengua y con mis dedos,
si abro los ojos
tu resplandor todo lo alumbra…
—Silencio, corazón,
que ella bajo mis besos tiembla.
II
TU piel —transparencia, luz y eco,
es misterio en claridad.
Nada te nombra.
Cuando deshojas tu vestido
las palabras se esfuman.
Sólo queda el amor. Su asombro.
Pluma
I
COMO una brújula perdida,
gira en mitad de la nada:
norte de ausencias.
¿De qué golondrina ha caído?
¿Qué desplumada nube
lanza entintado su relámpago?
II
LA arrastra un soplo misterioso,
trémula boga en lo blanco
del sepia al negro,
como follaje de árbol crece y
jamás llega a la orilla,
nuez rota que late en un río.
Lengua
I
ENTRE el ardiente sol del cielo
y el de esta escritura pálida
mucho se pierde,
como su calor matinal
tirados en la playa,
mas ganamos su alma sonora.
II
HÚMEDA y tibia teje el tiempo,
sus frutos son las palabras,
transparente árbol
del más allá y del más acá,
frontera de los besos,
llama que salva o nos condena.
Pies
I
LA belleza es licor que embriaga,
tus pies son raíces, pétalos
y colibríes,
cada paso andas sobre nubes,
perfume inapresable
tocas sin que nada te toque.
II
¿ACASO imprime el pez en agua
sus nerviosos coletazos?
El hombre, sí,
y también la mujer descalza
que el sol tuesta en la playa.
Nuestra huella es la transparencia.

Otoño
II
LOS árboles a diario escriben
y el viento es un buen cartero,
bajo tus pasos
cuánto amor y cuántas desdichas
arderán en la senda
que los robles han alfombrado.
Perfume
I
CRIATURA de ponzoña tersa
ni medusa, ni diamante
ni ceiba en llamas,
dispara sus agujas ciegas
y la luz es más luz
y la noche, noche estrellada.
Derechos reservados ©2007 Sergio-Jesús Rodríguez
Alma negra

El misterio de nuestra naturaleza humana es inagotable; Sigmund Freud le dio nombre a ese abismo y lo llamó «subconsciente», los credos de fe, más orientados a lo mágico, prefieren denominarlo «alma». Independientemente de su nombre y de la cosa que le dé consistencia, es el despeñadero y la superficie del misterio esencial, lo más obscuro y lo más diáfano. De eso trata Alma negra, una indagación poética sobre algo que figura, desfigura y transfigura nuestra realidad y nuestros sueños.
Diseño: Sergio-Jesús Rodríguez. Ediciones Euterpe, 2007, Guadalajara, Jalisco, México, 120 páginas.
De
Alma negra
Lo que es del río
TODOS saben que tengo el alma negra, todos,
y es verdad, ¿por qué no?
En nosotros hay un río: somos un río.
Toda frontera hacia el infierno
—qué importa cuál,
colinda con un río carnal,
a veces su rostro es tierno
y otras, monstruoso.
Yo soy el río negro, la negra mancha en la camisa,
en el mantel, en el asfalto de la calle. Soy
negro, profundamente negro…
¿Mar, río?
¡BASTA! Quién eres tú y tú, y yo: quién rayos
somos...
Somos más que nosotros...
Somos Yo haciéndose pedazos en las palabras.
Nos une el lodo
Nos une la locura del verbo
Nos une un ombligo acerbo
Somos negrura…
Esos que pregonan el misterio detrás del mis-
terio, en verdad que nada saben. El misterio
es claridad y transparencia; de nada sirve
ocultar a nuestros ojos lo que es diáfano,
ni siquiera nos interesa. Si bien el mar pro-
fundo es obscuro, no es menos cristalino y
los peces que lo habitan a su modo «ven».
Estamos ciegos por elección. No te hace
falta despertar: estás despierto. Sólo mira
en torno, aprende a ver,
hablará contigo...
[Fragmentos]
De
¡Destella, luciérnaga, destella!
[…]
—Te sentí por primera vez aquí,
el crujir de las hojas dijo es ella,
tu perfume atrapó como una ola
abrumadora, nítida y caliente
la transparente brújula de mi alma;
dijiste algo y tu voz me iluminó.
—Qué quieres decir con eso…
—Tu cuerpo es luz, la luz que necesito
para alumbrar mis pasos. Me iluminas.
—Tú qué sabes de la luz,
tus ojos nacieron muertos;
nada sabes de la luz
y nada sabes de mí…
—Te equivocas, yo sé tocar la luz.
Bajo la superficie de tu piel
sentí la luz profunda de tu cuerpo
y eras una cascada luminosa.
—Dos veces ciego y dos tonto:
tú pagaste por caricias.
Si viste y tocaste luz,
hice bien y valgo más,
soy una puta, recuérdalo.
Tú quieres mi corazón
y ése no lo tengo en venta.
—No importa, con el mío basta y sobra.
En un país de ciegos como el nuestro
que no ven lo profundo y nada ven,
con mis dedos te veo y eres luz.
Permanece a mi lado, yo te cuido…
Tu silencio parece un sí muy largo…
¿Por qué callas así, te has esfumado?...
Tu perfume se borra, ¿será un no?...
Cualquier momento es bueno para amar
al fin que el sacrificio, si hay que hacerlo,
no será el corazón sino sus lágrimas
y soledad tan pura tan sutil
que el dolor será un árbol cristalino
a orillas del abismo: a sus orillas.
[Fragmento]
De
La casa del mundo
[…]
En esta alcoba un corazón escribe
no tú, ni yo, ni nadie, pero escribe,
el rumor de su lápiz nos fabula
tú lees mientras yo escribo y respiramos…
si te detienes, el rumor se apaga
no obstante alguien respira en lo profundo,
tu voz suena en mi voz, y en nuestras voces
habla mi padre igual que sabio río.
A veces equivocas las palabras,
entonces retrocedes y las borras
para apuntar las mías con tu voz
y sin embargo no soy yo el que escribe
sino la voz en una vaina de ecos,
corregir tus palabras es pulir
la transparencia sílaba por sílaba.
Somos un árbol de raíces frescas
que beben el licor de los cadáveres,
la escritura es el pálido follaje
al que la voz se trepa como un pájaro
y decir lo que digo es no decirlo
sino poner en labios de otro un canto,
el que entonan los vivos y los muertos.
Cada una de estas letras, cada signo
despierta un latir sobre esta blancura
tan transparente que al ojo es obscuro;
mi padre dice por tu boca soy,
y en verdad es él cuando nos pronuncia
y en la punta de nuestra lengua vibra
el gusto salitroso de sus lágrimas:
sí, el amor es la herida de la muerte.
[fragmento]